Hay alguien que no está. No es una sombra ni una ausencia, es apenas el rumor de un vestido que se mece a centímetros del suelo. Pies descalzos en las baldosas frías de la cocina. Chandra tiene las uñas de los dedos de los pies de un color azul metálico. En cada dedo un anillo (no me explico cómo pueden inventar cosas tan pequeñas) o en cada anillo un dedo. Los ojos son quizá grises, quizá azules, y mira como si estuviera buscando algo que le nace del pecho y que se eleva sobre sus sienes con precisión de reloj posmoderno. En el vestido cosieron improvisadamente unos bolsillos de tela cuadrillé naranja (el resto del vestido de un algodón blanco perlado) y ella deja descansar sus manos en ellos con total serenidad. Se pasea por la cocina en puntitas, practica una danza de hace siglos que le enseñó su abuela o la madre que nunca vio con sus ojos de lince. El vapor del agua hirviendo hace rechinar la caldera en la hornalla, saca de su bolsillo un sobrecito de té y lo introduce en una taza que es enorme. Vuelca el agua. Ya no hay olor a nada que sea de este mundo –o no puede sentirlo-.
viernes, 13 de noviembre de 2009
viernes, 23 de octubre de 2009

Están esos días (noches, cigarros, whiskys) que te extrañamos y te queremos más de lo que deberíamos. Están las horas, los números tachados en el almanaque que no esperan ninguna fecha; y también las caras al techo, la lluvia que ya no es lo que era, los ojos que no miran, la televisión como espejo retrovisor de lo que no somos ni fuimos ni seremos. Detrás de todo eso tu odio, la falta de, mi miseria. Y qué terrible este pensarte más allá de mí, en lugares que no conozco, en baldosas que no pisaría ni en cuentos. Podrías estar tan perdido y solo y borracho y enfermo que se me enfrían los párpados por verte revolcado en el vómito de algún linyera o durmiendo en el silencio de la tierra (y digo tierra, elemento, no planeta), acurrucado como un feto en los pechos de una puta que soy yo, dibujada con rouge en el asfalto. Pero ahora crece algo dentro de mí: insecto, vegetal o conciencia. Crece y se retuerce en mis entrañas, hace que me llene las uñas de barro, que te escriba las cartas que no van a llegarte nunca.
miércoles, 21 de octubre de 2009
Cangrejo Blues
Hace tanto frío y él recostado sobre mi cuerpo. Toca mis piernas, mis manos, sus dedos se entrelazan en los míos y hace tanto frío, tanto, que ya no puedo pensar en otra cosa. Le miro los ojos, la boca, el pelo y sé que tiene miedo y frío y hambre y tiempo –sobretodo tiempo-.
-De a ratos siento que no siento y que soy un pez sin cerebro ni memoria.
Quisiera acariciarle el iris, arrancarle las pestañas y decirle que no importa, que la muerte es otra cosa y nosotros también. Pero me callo (o eso creo) y mi cuerpo no es el mío. Afuera el ruido, la calle, la gente; adentro una orquesta de ciempiés enfurecidos. Y hablo:
-Mi cerebro es un escaparate de ideas surrealistas en liquidación. Breton se deshidrataría si lo besara esta noche, y yo apagaría este pucho –miro mis dedos- en su tórax o en el tuyo, lo mismo da.
Sé que no entiende, pero eso es lo de menos. Sonríe a veces, establece un campo de visión que me excluye y habla. Enciende un cigarro y cuando responde, su voz parece salirse de regiones muy lejanas de la psiquis. Pero ¿qué estoy diciendo? No podría verme hoy ni aunque me parara sobre su cabeza e hiciera equilibro con sus orejas. (No debería estárseme permitido el uso de la palabra psiquis ni para hablar de él ni para hablar de nadie). Sonrío de todas formas y continúo el juego. Soy una parodia de todo lo que se dice humano.
-Soy dualidad y no tengo espacio. Mi nombre no me dice nada y todas mis acciones son vacías e inútiles.
“Pero podrías callarte. Podrías intentarte vivo en una dimensión más allá de lo reconocible”, pienso. No le voy a contar de otros, no le interesa, ni le interesa esto que me sucede dentro cada vez que habla (y me sucede la opinión, el consejo inútil, los cientos de lugares comunes que podrían ocurrírseme y que se mueren antes de llegar a mi lengua).
-Quizá no importe ya si esté o no vivo –dice-, no pude absorber al mundo. Hay cosas que simplemente no me pertenecen.
-Pero eso lo saben todos. No se puede tener algo que no sale desde el cuerpo. Mis ojos no son dueños de este suelo porque lo esté mirando ni porque sea el principio de mis pies sosteniéndome.
-Estás acostada.
-Y yo adoro que estés entendiendo.
Sigue sin importarle todo lo que diga. Siempre pensé que la inutilidad de las cosas era algo maravilloso y por eso sigue el juego. No quiero tampoco hacerle entender que nada de lo que está viendo existe, que esto no es otra cosa que ficción, que sus palabras son un guión de todo lo que a mí se me antoja. Sería mejor si lloviera. Le pregunto si le gusta la lluvia. Dice que sí, la lluvia y el invierno. Ahora le explico que eso habla bien de todo buen cangrejo y se ríe porque es de lo más ridículo que he dicho en toda la noche. Pienso seguir mintiendo (y lo sabe). Puede que él también me esté mintiendo a mí: un hijo único no puede no forjarse un pasado de amigos invisibles, por más triste que sea.
-Nunca fui feliz –me dice.
-Eso quiere decir que en ningún momento de tu vida sentiste una cosa que se pareciera a la felicidad.
-No.
-No te creo.
-No interesa.
Realmente no interesa. Buscar la felicidad es como buscar ser dueño del universo, pienso, pero no le digo. Sería tan fácil si estuvieras en mi cabeza, podrías verte como yo te veo y no tendría que inventar excusas ni decirte cosas que no son sólo para seguir hablándote.
-Si muero ahora no me importa.
-¿Y si la que muere soy yo?
-Tampoco importa.
-¿Qué pensarías?
-Pensaría que era justamente lo que tenía que pasar. Algún día voy a reventar. Literalmente. Quiero decir que mi cuerpo va a estallar y mi cabeza y la sangre se va a derramar por mi nariz como si fuera una canilla de agua abierta y nadie va a llorar, ni siquiera mi espectro del otro lado contemplándome inerte.
“Yo lloraría”, me digo, “pero ya no sé si porque soy idiota o porque en verdad me importa”.
-Nunca tuve amigos, sí compañeros, pero no amigos.
-¿Nunca nadie fue un amigo para vos?
-No al menos en lo que yo creo que es un amigo.
-¿Y qué creés que es un amigo?
-No lo tengo definido todavía.
-¿Yo no soy tu amiga? –Ni siquiera sé porqué le estoy preguntando esto. La respuesta salta a la vista en carteles luminosos, pero pregunto igual porque soy una niña torpe. No responde ni me mira ni da más señales de haberme escuchado. Vuelvo a preguntar.
-No tengo amigos-dice.
-No pregunté eso.
-No confío en mí.
-No pregunté eso.
-No tengo amigos –dice de nuevo.
-Yo sólo quiero saber lo que te pregunté.
-No sos mi amiga –sonrío-. ¿Yo soy tu amigo?
-No –ahora el que sonríe es él.
-Contestaste lo que yo quería.
Está entendiendo y a mí me aburre perder. “Debe ser cosa de hijo único”, pienso. En realidad no estoy muy segura de si pienso o es una verborragia desmedida todo lo que sale de mi cerebro. Alguien me dijo una vez que podría usarlo como un revolver que no puede matar y yo estoy usándome a mí para derribar una barrera que no me pertenece (ni me incumbe, tal vez). Ahora siento que se redobla la apuesta, como si ese hombre acostado a mi lado fuera por sí solo un desafío. “No, es una persona” dice esa maldita voz en off. “Vos andá a hablar de conchas y pijas en otro cuento, nena”, me digo. Quizá esté quedando loca después de todo. Mis voces multifurcadas en la conciencia y yo acá esperando que del pecho le salten bichos o luces o cosas similares. Puede quedarse callado toda la noche si lo dejo. Puede dejarse pinturrajear por mí mientras juego a aprisionarlo sin que lo sepa (y ahora lo está sabiendo, porque todo se me sale por los poros como la música).
sábado, 10 de octubre de 2009
Eyaculame acá.
Estoy segura de que he sido una buena chica: he alimentado a mis mascotas, aprendí a cruzarme de piernas cuando la minifalda es demasiado pequeña y deja entrever mi bombacha, sé que no se deben dejar los codos sobre la mesa cuando se está comiendo y que debo masticar con los dientes y no con los dedos. Yo que sé... también aprendí a masturbarme de cara al cielo, a llorar cuando muere alguien o se me muere algo adentro, a amar a las prostitutas y a los perros y lo que no se debe, a los que no nombramos, a los que tememos. He odiado a los hombres de ojos perdidos y abrazado a los que se dejan atravesar por el viento y me he odiado a mí tanto hasta adorarme, hasta sospecharme desnuda y mutilada en mi propio centro, con sonrisas hinchadas como venas violetas o flores secas.
Pensar. Estar pensando y morirse. Morirse y pensarse y verse y sentirse a uno muerto y descuartizado en el callejón de alguna ciudad perdida. Salirse del cuerpo y estar tan muerto y tan vivo como siempre. No, no quiero morir solo apoyando mi espalda en un contenedor de basura con la inscripción ‘que Dios te vendyga’, con un hilo de saliva y sangre escurriéndose de mi boca, con la entrepierna mutilada y vacío de órganos. Quiero perpetuarme como especie de mí mismo, para siempre, continuar mi existencia hasta que el mundo se estalle. Quiero ver mis manos envejecer y seguir jóvenes, ser simultaneidad entre momia y espectro, saltar los edificios valiéndome de la garganta o las pestañas y no temblar de frío nunca más en invierno.
He escondido mis ojos y mi boca de los que me quieren, y me he amarrado los tobillos a una porción de tierra que no me pertenece. Tomé una decisión y la llevé hasta el infinito y la multipliqué por todos los rostros que esperé ver detrás de una canción que nunca escribió nadie pero que suena entre los árboles de Montevideo, y esperé... esperé el regreso de mi alma y de mi otra, la resolución de un poema escrito en otoño y para mí del que no se sabe nada.
He sido una buena chica, pero ya no puedo escuchar la lluvia ni sobrevivirme entre la mugre de 18, elegir un ómnibus que me lleve hasta mi infancia sólo porque sí o recorrerme entera cuando todos están durmiendo.
Hoy soy un soldado de plástico. Hay mentiras que no se escuchan si estás hecho de porcelana. Quisiera ver a mis padres, sostenerme del cuello de mi madre y gritarle que hoy soy otro u otra, decirle que estoy obligado a echar mi cabeza hacia atrás mientras vos me tirás polvitos blancos que son cocaína y a mí me gusta y quiero ser puta, decidí que quiero ser puta, usar tangas rosadas o de leopardo o amarillas o rojas o verdes o marrones o escarlatas y decirle a todos que soy puta y que salgo tanto y que no beso porque el beso es amor y no gimo, porque es otra tarifa y que me gustan las medias a rayas y las polleras cortitas sobre todo si está sonando la Mona Giménez en el alto parlante de algún bolichongo de cuarta.
Ya no puedo escribir ni sentir ni decir la palabra amor sin escuchar a un costado de ella la risa casi inevitable, la certeza de que se ha caído y se ha roto para siempre.
Mi nombre fue violado en el silencio.
El hombre que debí ser mastica a la mujer que soy y se atraganta con mis cenizas. Hay una lucha a través del tiempo para llegar a lo que no me fue entregado antes y que ahora está esperando en algún rincón del universo para que yo lo estreche entre mis brazos mientras se pierde entre otras piernas.
domingo, 27 de septiembre de 2009
viernes, 7 de agosto de 2009
-Está muerta, muertísima... Sale de mis sueños y se revuelve en mi cama, me mete los dedos en la vagina y yo siento miedo porque es etérea, porque se va a apoderar de mí cualquier día que yo no me dé cuenta y va a caminar como yo camino, le va a besar la frente a mi madre como yo lo hago, va a cerrar las puertas de mi casa con la misma precisión que yo cuando estoy hastiada y le va a besar la pija a él como yo se la beso. Yo y ella, ella y yo... Te juro que me hace el amor de madrugada, siento su lengua en mi boca y no me puedo mover y me quedo callada, cierro los ojos tan fuerte como me es posible y trato de dormirme aunque su peso me entrecorte el aire.
-Vos no tenés madre.
-Después me despierto llorando y me duelen las caderas y el pecho. Sueño que mi madre muere, que mis perros mueren, que me visita en madrugada y se queda en mi casa y mira programas inútiles con él sentada en esas sillas que no usamos nunca y yo la quiero sacar de ahí pero no se puede. Sueño también que ando desnuda por mi casa, con las tetas al aire y lo busco a él y lo beso y le digo que me toque, pero ya no quiere ni mirarme.
-Está muerta, che, dejala en paz.
-Es ella la que no me deja en paz. Te digo que me busca en todas partes, está en todo Montevideo. Ayer me subí a un 109 y estaba caminando por Camino Carrasco, entre la mugre y las bolsas de plástico y los pastizales. Parecía una novia dejada en el altar, con el maquillaje corrido y las ligas que se le caían de los muslos. Siento miedo, tanto miedo, y no puedo pararla, no me deja pararla.
-Eso te pasa por ser hija única y tener un Edipo mal desarrollado.
-Me está matando, ya no controlo el miedo. Fumo tanto que si exhalo de los pulmones me sale tabaco con olor a cuerpo de perro muerto.
-En las madrugadas de acá siempre hace frío, no importa que sea invierno o verano, siempre hace frío. Por eso me cubro de música los oídos y la ciudad se estremece en cada paso que doy. Después me convierto en miedo. Quiero decir que mi nombre se vuelve Miedo, respondo a un vocativo que sólo vos conocés. La música se hace más y más estridente y mis ojos parecen dos planetas saliéndose de sus órbitas, entonces siento miedo por los demás. Ellos me miran, Chandra, me miran como si yo fuera un psicópata con un cuchillo y fuera a atravesarles la yugular.
-Anoche la oí gritando mi poema favorito, parecía desdoblarse en cada palabra y tuve que gritar yo a la par de ella para que se callara de una putísima vez. Señor, la jaula se ha vuelto pájaro y me miraba, me miraba sabiendo que estaba abriéndome el vientre y se reía.
- Entonces la música se apodera de mí y tengo que arrebatarle el alma a alguna anciana. Y mirame, decime si no soy simpático pensando en “almas”, si no parezco un vampiro de la noche asustado por un principio de sol que tal vez no llegue nunca.
-Y ya no me deja ni dormir. Me despierto a las tres de la madrugada empapada en sangre y sudor y tengo que salir a la calle, correr todo lo que pueda y tomarme un taxi hasta ciudad vieja para darme cuenta de que todavía soy yo, de que reconozco los lugares y las casas y los bulevares. Me senté en un bar cerca de la rambla a respirar el olor del mar. No me preguntes por qué, pero estaba abierto. El mozo me sirvió una grapa, pero te juro que yo no la había pedido, si apenas podía hablar… y como no había nadie se sentó a mi lado y se sirvió un poco él. Empezó a tocarme la rodilla y me di cuenta de que eras vos. Sus labios eran iguales a los tuyos, se le dibujaban las mismas líneas que a vos cuando sonreís, y cuando habló tenía el mismo tono de voz cuando hablás por primera vez después de haber estado muchísimo tiempo callado. Le sacudí un poco el pelo y sentí el mismo perfume dulzón que siento cuando te lo hago a vos, así que me fui con él a la cocina y dejé que me chupara la concha hasta perder todo rastro de conciencia… No tuve miedo, por primera vez en trece años no tuve miedo.
- C'est le malaise du moment.
-Pero claro que no la chupaba como vos. Me vi a mí misma desde las alturas, contemplada por miles y millones de partículas inmóviles y volví a petrificarme en mi cama como todas las noches, herida en la miseria de no saber decirme.
-Eso le pasa a las señoritas que mueren de ficción.
domingo, 2 de agosto de 2009
Los pájaros sólo tiemblan en el oscuro.
“Pero quién habla en la habitación llena de ojos.
Quién dentellea con una boca de papel”.
Alejandra Pizarnik, “Continuidad”.
04.46 am: Ya no siento el teléfono ni los despertadores ni los gritos de las baldosas de las avenidas cada vez que camino sobre sus narices. Hoy podría ser un cenicero o el sueño de cualquier princesa y estoy tan roto que ya no vale de nada la vigilia, este esperarme a mí mismo para levantarme de la silla y buscar abrigo, beberme desde las entrañas para luchar con mi sombra que camina detrás de mis tobillos y que se mueve más que yo, camina más que yo, sueña más que yo. Tengo frío, siento el frío. Una prostituta me regaló una flor que se llama Buenos Aires y prometió que estas calles jamás serían nada sin mis zapatos, por eso dejé caer una gota de whisky en la entrada de mi casa y presioné el timbre de todas mis amantes para esperarlas sin dejar que mi cara se viera entre las líneas de la noche. Por eso me abracé a la infancia y al vientre de algún muerto, reclamé mi identidad y nadie respondió cuando mi caída se hacía carne o viento. Tengo frío, siento el frío. Alguien me bebe desde las sombras, alguien se emborrachó de mí y ya no recuerdo su nombre ni su cara.
05.23 am: Celebro el destierro de los pájaros. Mi memoria es un sendero que se bifurca y que se rompe en las raíces de los árboles que me contienen. Soy el dueño de la noche, un taxista endemoniado recorriendo la ciudad que no puede verse en el mapa y tengo miedo, pero estoy borracho. Mi ebriedad es una mujer en una sala de parto dándome a luz a mí y tengo que extirparle el útero para poder dormir a su lado cada mañana sin sentirme el aborto del suicidio, el pasajero número veinte en una estación de trenes que no van a ninguna parte.
05.34 am: Un hombre de rostro pálido preguntó mi nombre desde la otra acera. Ya no tengo miedo ni frío ni estoy ebrio. Absorbido por la noche transito los pliegues de mi cuerpo y de mi voz y me reconozco vivo por cada luz que se enciende, por cada peldaño que me toca subir para entregar estos diarios que no me pertenecen. Un titular reza: La rebelión de los candelabros ya es un hecho. Lewis Carrol estaría orgulloso de mi delirio, mi madre secaría sus lágrimas en el puerto viéndome partir, mi padre golpearía mi hombro como ofrenda de virilidad y mi hermana haría un traje con mis oquedades para que yo sea emperador de una tierra que lleva mi apellido. Con la retina dibujo las manos que no me abrazan la cara o las lágrimas que no dejé correr cuando ya era demasiado tarde para decidirme espectro. Cada vez que digo me convierto en melodía –y más que melodía soy el ritmo de una sinestesia-, cada vez que me agito sobre alguien me vuelvo ficción y entonces soy lo que un algo esperaba. ¿Y qué decir de mí si ya no siento los brazos, los muslos, la cadera? ¿Qué decir de mí si la ciudad se vuelve más y más convulsa y mis dientes no dejan de golpearse entre sí y mi lengua se disuelve en mi mandíbula? Ya no hay palabras para buscarme entre puntos y líneas y renglones. Sólo un dibujo se desprende de mi mano, sólo una tierra se deja erotizar por este andar abandonado.
05.55: Una orquesta de hormigas y ciempiés está cruzando hasta encontrarme, encienden una hoguera en mi pecho, se frotan las patas en el fuego de mis vellos y ya no tengo dónde esconderme. Soy la noche, pero ya el sol empieza a asomarse entre los edificios y esta hora se desliza inválida entre mis ropas. Buenos Aires o París o Tokio o los jardines de los que ya no se habla, están cubriéndose de sol y yo soy la noche. Me bebí en la noche. Besé las avenidas y los bulevares con bocas que no son mías y dibujé esta noche empapada de ojos que no se cierran nunca, de pestañas que bailan como si un piano estuviera marcándoles el ritmo. Soy la noche. Nadie detrás ni delante, sólo el sonido de mis pasos amortiguados por el frío y la niebla, el terror del cigarro quemándose entre mis dedos y la canción que canta un muerto para mis oídos o cualquiera de mis órganos. Quisiera poder hablarme desde adentro, pero esta voz no circunda el día. Los pájaros sólo tiemblan en el oscuro.
09.09: De regreso al fuego las sábanas son una montaña, una cueva, un laberinto impenetrable. Una risa se sacude en el aire y tengo que cerrar los ojos y sentirme vivo. Ya no hay nadie, sólo así se puede estar a salvo de uno mismo. Soy la noche, un príncipe del insomnio y de la luna. Ya no hay nadie, sólo el grito amortajado en una hora perfecta.