miércoles, 12 de mayo de 2010

-Estoy resfriada -dice sacando un pañuelo de la mochila-. Y puede ser tanto la gripe de los pollos como una cirrosis crónica. Me quedé sin venas, eso pasa, entonces la savia de los árboles (si la bebo) se me filtra entre los músculos o los huesos y todo en mi organismo se convierte en sustancia verde hasta que se me inundan las narinas, y los ojos, vos viste, se me llenan de lagañas blanquísimas como la leche.
Yo la observo desde mi ángulo de narrador autodiegético, la miro sonarse los mocos con vehemencia, la entiendo sentada como un indio en el piso de mi habitación y me lo repito con palabras para que se vuelva verdadero. Ella se cubre de signos, enciende un cigarro que es un signo también y me invita de su caja a que yo saque uno y lo encienda como ella lo hace, dándome un perfil directo de su cara; y yo la observo, acepto la invitación y enciendo mi cigarro con la frente enterrada en el suelo. Ahora me levanto, me incorporo sobre mi cuerpo y me sostengo con una mano en la pared blanca de cal; camino por la habitación, me enjugo el sudor y es esto lo que pienso: esta suceción exacta de acontecimientos. No sé si es ella quien me observa esta vez, su mirada bien podría estar completamente focalizada en el vapor del café que me pidió hace tres minutos o en el disco de pasta que gira a su lado, rítmico e imperturbable, decodificando lo que sea que tenga que decodificar para articular el sonido que es un hecho.
-Tengo algo de prisa -le digo-. No-sé-quién le dijo a otro fulano que me dijera que hoy llegaba Olivia.
-Ella te escribió unas cartas -dice sin pensarlo realmente-. Ella te escribió y vos no respondiste, entonces ella se estremeció, pero sólo porque le encanta cómo suena esa palabra. Y ahora viene a buscarte y pincharte los deditos con alfileres tan minúsculos que te sorprenderías.
Chandra exhala una bocanada de humo y se echa a reír con fuerza, sosteniéndose de su vientre, y luego cesa repentinamente. Se calla invitándome a fabricar una respuesta que no tengo y sus ojos languidecen.
-Dice que quiere verme, que vendrá con zapatos de charol altísimos y un vestido violeta de terciopelo -digo burlonamente-.
-Yo no creo que esas cosas se sigan confeccionado -contesta ella con una mueca de dolor en sus labios-.
Entonces me acerco a su rostro y beso su frente, sus párpados, su lengua. La traigo hacia mí para que llore de una vez, para que sus lágrimas de savia me manchen la camisa como si un niño hubiera derretido un crayón verde sobre mí a la hora del recreo. Y llora dulcemente, y gime como un recién nacido, y yo la abrigo en mis brazos como su abuela lo hizo antes, cuando quedó sola en la sala de parto sin una madre que le otorgara su seno, y la contengo como si fuera mía, como si fuera una de mis extremidades, y ella finge dormirse, y yo finjo cantar canciones de cuna y entonces la tarde se paraliza, Montevideo se queda tieso detrás del ventanal de mi habitación que da hacia Bulevar Artigas mientras una canción viejísima decide empezar a sonar bruscamente en la vitrola.
-Quiero que venga esta noche y que la escuches, quiero que la invites a beber una copa de vino, o todas las que ella quiera tomarse. Quiero que sostengas sus manos finas entre las tuyas y juegues con sus anillos y le beses los dedos. Luego te acercás a ella y le acariciás el mentón y pensás en mí, que voy a estar dibujada sobre su rostro. Acariciale un poco el pelo y la rodilla, manoseale la entrepierna y dejá que piense que la estás violando. No le recites poemas, no le cantes canciones, no acudas a la vieja sonsera de la cursilería, ella puede con todo eso. Sé lo suficientemente distante y lo esencialmente cercano. Querela como si de verdad lo hicieras y odiala como a tu propio padre. Escupile la boca mientras golpeás tu pelvis sobre la de ella, hacela gritar de placer y acabá pronunciando mi nombre.
Chandra se retira lentamente de mis brazos restregando sus dedos largos sobre los ojos, se corre las lágrimas y el maquillaje y queda de pie mirando sus championes sucios. Segundos después va hacia la cama y toma su pequeña carterita de mujer. Coloca dentro la caja de cigarrillos y el encendedor y se la cuelga de un hombro. Después me mira a mí, que estoy diciendo esto, de esta misma manera, en mi cerebro. Me pide que baje a abrirle, pero no puedo moverme. Me pide que la despida, pero yo no sé cómo hacer esas cosas.
-Te llamo mañana -dice-. Pero ahora tenés que darme un beso y bajar conmigo hasta la entrada del edificio, donde vas a darme otro beso y a decirme adiós. Vas a cerrar la puerta una vez que hagas eso y vas a subir y vas a estar en esta misma habitación y yo en alguna otra parte, pensando en la inutilidad de las palomas o alguna otra cosa que se le parezca.
Y ella se mueve, abre la puerta del cuarto que da al living-comedor y se queda esperando a que yo la imite, así que eso hago y destrabo el seguro de la puerta que da al corredor y al ascensor, y lo llamo, y lo esperamos los dos tomados de la mano. Y nos subimos a él y descendemos en silencio, y nos fijamos en la cuenta regresiva de los números que indican los pisos y ansiamos la planta baja, hasta que estamos allí y no ansiamos otra cosa que terminar de una vez por todas el saludo que demora siglos; y luego la beso y le digo "adiós" y le doy otro beso y la imagino en el salón de clase de la facultad en la que le enseñan a ser contadora o abogada o arquitecta, hasta que su imagen se desvanece y estoy en mi habitación una vez más con el cerebro entero para Olivia.
A las diez de la noche suena el timbre de mi casa, me desplazo hasta el intercomunicador y la voz de Olivia suena clara, precisa. Puedo ver sus labios con rouge modulando el enunciado a la plaqueta fría de los timbres. La hago subir y dejo la puerta entreabierta. Hace dos horas compré un malbec y está esperándola en la mesita ratona de la sala. Ella entra: primero sus piernas, largas, macizas, después su cadera ancha y su cintura pequeña. Un vestido negro que termina mucho antes de la rodilla corta la visión a la vez que la integra. También está su escote, los hombros descubiertos, el tatuaje de la clave de fa en su cuello, los labios grandes y rojos, la nariz minúscula y los ojos grises. Lleva el pelo rubio recogido por un moño también negro, y los prometidos zapatos altísimos. No lleva cartera, nunca la necesitó. Se mantiene en la firme economía de ser convidada con cigarros, de utilizar monedas para las llamadas importantes, de no ser interrumpida por ningún sonido ni vibración posmodernista, de conservar el dinero en la bombacha o en el soutién que hoy no tiene puesto. No dice nada, sólo sonríe o al menos eso puedo deducir de la extraña expresión que se forma en su cara. Se invita sola, como siempre, y se sienta en un sillón individual esperando mi saludo.

martes, 8 de diciembre de 2009

Reíte, dale, estoy parodiando tu muerte, estoy parodiando tus restos y a la mujer que camina por los senderos de tu cementerio (te moriste y lo volviste tuyo, propio, una extensión de tu sonrisa). Mi vientre es un tambor y en el pecho resuenan los alaridos de los perros que custodian tu belleza. De la mano húmeda se desprende una madre gusano que se retuerce sobre sí misma y de la mejilla te crecen hormigas coloradas que recorren tu cuerpo, y ríen, porque esta es la venganza de cuando las quemábamos con la lupa al sol. No llores, nene, te estoy hablando. Mirá cómo las piernas bailan al compás de la lluvia y la tierra se moja, el pasto se moja y los crucifijos se tambalean como en una película de terror. ¿No ves que esto es ridículo? Tu madre llora y se le agiganta el tórax. Tu padre se comprime más y más hasta parecerse a un niño; él no llora. En tu cuarto quedó sonando una canción de Spinetta y las paredes, no las ves, pero están llorando también. Todos lloran. Y vos tenés que reírte, lobo, reíte porque esto es provisorio y nunca real. Antes de esta escena hubo poemas y canciones que te decían cómo era, y vos aprendiste actuar. Actuá ahora para mí, dale, que ya no queda noche ni mediodía ni más horas. Reíte porque te podés sacudir de las prisiones y de la anarquía. No más socialismo, capitalismo, comunismo, proxenetismo. No más retórica para explicar cómo nos sentimos. Y te prometo que si te reís tu madre ya no llora. Que si te reís no hay silencio ni imposibilidad del lenguaje que valga. Desterramos a Lacan, Saussure, Freud, la poética irrisoria de Mallarmé y a todos así de rápido, con una carcajada tuya. Y bailá, nene, que ya no pueden decir más.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Hay alguien que no está. No es una sombra ni una ausencia, es apenas el rumor de un vestido que se mece a centímetros del suelo. Pies descalzos en las baldosas frías de la cocina. Chandra tiene las uñas de los dedos de los pies de un color azul metálico. En cada dedo un anillo (no me explico cómo pueden inventar cosas tan pequeñas) o en cada anillo un dedo. Los ojos son quizá grises, quizá azules, y mira como si estuviera buscando algo que le nace del pecho y que se eleva sobre sus sienes con precisión de reloj posmoderno. En el vestido cosieron improvisadamente unos bolsillos de tela cuadrillé naranja (el resto del vestido de un algodón blanco perlado) y ella deja descansar sus manos en ellos con total serenidad. Se pasea por la cocina en puntitas, practica una danza de hace siglos que le enseñó su abuela o la madre que nunca vio con sus ojos de lince. El vapor del agua hirviendo hace rechinar la caldera en la hornalla, saca de su bolsillo un sobrecito de té y lo introduce en una taza que es enorme. Vuelca el agua. Ya no hay olor a nada que sea de este mundo –o no puede sentirlo-.

viernes, 23 de octubre de 2009



Están esos días (noches, cigarros, whiskys) que te extrañamos y te queremos más de lo que deberíamos. Están las horas, los números tachados en el almanaque que no esperan ninguna fecha; y también las caras al techo, la lluvia que ya no es lo que era, los ojos que no miran, la televisión como espejo retrovisor de lo que no somos ni fuimos ni seremos. Detrás de todo eso tu odio, la falta de, mi miseria. Y qué terrible este pensarte más allá de mí, en lugares que no conozco, en baldosas que no pisaría ni en cuentos. Podrías estar tan perdido y solo y borracho y enfermo que se me enfrían los párpados por verte revolcado en el vómito de algún linyera o durmiendo en el silencio de la tierra (y digo tierra, elemento, no planeta), acurrucado como un feto en los pechos de una puta que soy yo, dibujada con rouge en el asfalto. Pero ahora crece algo dentro de mí: insecto, vegetal o conciencia. Crece y se retuerce en mis entrañas, hace que me llene las uñas de barro, que te escriba las cartas que no van a llegarte nunca.

miércoles, 21 de octubre de 2009

Cangrejo Blues

Hace tanto frío y él recostado sobre mi cuerpo. Toca mis piernas, mis manos, sus dedos se entrelazan en los míos y hace tanto frío, tanto, que ya no puedo pensar en otra cosa. Le miro los ojos, la boca, el pelo y sé que tiene miedo y frío y hambre y tiempo –sobretodo tiempo-.

-De a ratos siento que no siento y que soy un pez sin cerebro ni memoria.

Quisiera acariciarle el iris, arrancarle las pestañas y decirle que no importa, que la muerte es otra cosa y nosotros también. Pero me callo (o eso creo) y mi cuerpo no es el mío. Afuera el ruido, la calle, la gente; adentro una orquesta de ciempiés enfurecidos. Y hablo:

-Mi cerebro es un escaparate de ideas surrealistas en liquidación. Breton se deshidrataría si lo besara esta noche, y yo apagaría este pucho –miro mis dedos- en su tórax o en el tuyo, lo mismo da.

Sé que no entiende, pero eso es lo de menos. Sonríe a veces, establece un campo de visión que me excluye y habla. Enciende un cigarro y cuando responde, su voz parece salirse de regiones muy lejanas de la psiquis. Pero ¿qué estoy diciendo? No podría verme hoy ni aunque me parara sobre su cabeza e hiciera equilibro con sus orejas. (No debería estárseme permitido el uso de la palabra psiquis ni para hablar de él ni para hablar de nadie). Sonrío de todas formas y continúo el juego. Soy una parodia de todo lo que se dice humano.

-Soy dualidad y no tengo espacio. Mi nombre no me dice nada y todas mis acciones son vacías e inútiles.

“Pero podrías callarte. Podrías intentarte vivo en una dimensión más allá de lo reconocible”, pienso. No le voy a contar de otros, no le interesa, ni le interesa esto que me sucede dentro cada vez que habla (y me sucede la opinión, el consejo inútil, los cientos de lugares comunes que podrían ocurrírseme y que se mueren antes de llegar a mi lengua).

-Quizá no importe ya si esté o no vivo –dice-, no pude absorber al mundo. Hay cosas que simplemente no me pertenecen.

-Pero eso lo saben todos. No se puede tener algo que no sale desde el cuerpo. Mis ojos no son dueños de este suelo porque lo esté mirando ni porque sea el principio de mis pies sosteniéndome.

-Estás acostada.

-Y yo adoro que estés entendiendo.

Sigue sin importarle todo lo que diga. Siempre pensé que la inutilidad de las cosas era algo maravilloso y por eso sigue el juego. No quiero tampoco hacerle entender que nada de lo que está viendo existe, que esto no es otra cosa que ficción, que sus palabras son un guión de todo lo que a mí se me antoja. Sería mejor si lloviera. Le pregunto si le gusta la lluvia. Dice que sí, la lluvia y el invierno. Ahora le explico que eso habla bien de todo buen cangrejo y se ríe porque es de lo más ridículo que he dicho en toda la noche. Pienso seguir mintiendo (y lo sabe). Puede que él también me esté mintiendo a mí: un hijo único no puede no forjarse un pasado de amigos invisibles, por más triste que sea.

-Nunca fui feliz –me dice.

-Eso quiere decir que en ningún momento de tu vida sentiste una cosa que se pareciera a la felicidad.

-No.

-No te creo.

-No interesa.

Realmente no interesa. Buscar la felicidad es como buscar ser dueño del universo, pienso, pero no le digo. Sería tan fácil si estuvieras en mi cabeza, podrías verte como yo te veo y no tendría que inventar excusas ni decirte cosas que no son sólo para seguir hablándote.

-Si muero ahora no me importa.

-¿Y si la que muere soy yo?

-Tampoco importa.

-¿Qué pensarías?

-Pensaría que era justamente lo que tenía que pasar. Algún día voy a reventar. Literalmente. Quiero decir que mi cuerpo va a estallar y mi cabeza y la sangre se va a derramar por mi nariz como si fuera una canilla de agua abierta y nadie va a llorar, ni siquiera mi espectro del otro lado contemplándome inerte.

“Yo lloraría”, me digo, “pero ya no sé si porque soy idiota o porque en verdad me importa”.

-Nunca tuve amigos, sí compañeros, pero no amigos.

-¿Nunca nadie fue un amigo para vos?

-No al menos en lo que yo creo que es un amigo.

-¿Y qué creés que es un amigo?

-No lo tengo definido todavía.

-¿Yo no soy tu amiga? –Ni siquiera sé porqué le estoy preguntando esto. La respuesta salta a la vista en carteles luminosos, pero pregunto igual porque soy una niña torpe. No responde ni me mira ni da más señales de haberme escuchado. Vuelvo a preguntar.

-No tengo amigos-dice.

-No pregunté eso.

-No confío en mí.

-No pregunté eso.

-No tengo amigos –dice de nuevo.

-Yo sólo quiero saber lo que te pregunté.

-No sos mi amiga –sonrío-. ¿Yo soy tu amigo?

-No –ahora el que sonríe es él.

-Contestaste lo que yo quería.

Está entendiendo y a mí me aburre perder. “Debe ser cosa de hijo único”, pienso. En realidad no estoy muy segura de si pienso o es una verborragia desmedida todo lo que sale de mi cerebro. Alguien me dijo una vez que podría usarlo como un revolver que no puede matar y yo estoy usándome a mí para derribar una barrera que no me pertenece (ni me incumbe, tal vez). Ahora siento que se redobla la apuesta, como si ese hombre acostado a mi lado fuera por sí solo un desafío. “No, es una persona” dice esa maldita voz en off. “Vos andá a hablar de conchas y pijas en otro cuento, nena”, me digo. Quizá esté quedando loca después de todo. Mis voces multifurcadas en la conciencia y yo acá esperando que del pecho le salten bichos o luces o cosas similares. Puede quedarse callado toda la noche si lo dejo. Puede dejarse pinturrajear por mí mientras juego a aprisionarlo sin que lo sepa (y ahora lo está sabiendo, porque todo se me sale por los poros como la música).

sábado, 10 de octubre de 2009

Eyaculame acá.

Estoy segura de que he sido una buena chica: he alimentado a mis mascotas, aprendí a cruzarme de piernas cuando la minifalda es demasiado pequeña y deja entrever mi bombacha, sé que no se deben dejar los codos sobre la mesa cuando se está comiendo y que debo masticar con los dientes y no con los dedos. Yo que sé... también aprendí a masturbarme de cara al cielo, a llorar cuando muere alguien o se me muere algo adentro, a amar a las prostitutas y a los perros y lo que no se debe, a los que no nombramos, a los que tememos. He odiado a los hombres de ojos perdidos y abrazado a los que se dejan atravesar por el viento y me he odiado a mí tanto hasta adorarme, hasta sospecharme desnuda y mutilada en mi propio centro, con sonrisas hinchadas como venas violetas o flores secas.

Pensar. Estar pensando y morirse. Morirse y pensarse y verse y sentirse a uno muerto y descuartizado en el callejón de alguna ciudad perdida. Salirse del cuerpo y estar tan muerto y tan vivo como siempre. No, no quiero morir solo apoyando mi espalda en un contenedor de basura con la inscripción ‘que Dios te vendyga’, con un hilo de saliva y sangre escurriéndose de mi boca, con la entrepierna mutilada y vacío de órganos. Quiero perpetuarme como especie de mí mismo, para siempre, continuar mi existencia hasta que el mundo se estalle. Quiero ver mis manos envejecer y seguir jóvenes, ser simultaneidad entre momia y espectro, saltar los edificios valiéndome de la garganta o las pestañas y no temblar de frío nunca más en invierno.

He escondido mis ojos y mi boca de los que me quieren, y me he amarrado los tobillos a una porción de tierra que no me pertenece. Tomé una decisión y la llevé hasta el infinito y la multipliqué por todos los rostros que esperé ver detrás de una canción que nunca escribió nadie pero que suena entre los árboles de Montevideo, y esperé... esperé el regreso de mi alma y de mi otra, la resolución de un poema escrito en otoño y para mí del que no se sabe nada.
He sido una buena chica, pero ya no puedo escuchar la lluvia ni sobrevivirme entre la mugre de 18, elegir un ómnibus que me lleve hasta mi infancia sólo porque sí o recorrerme entera cuando todos están durmiendo.

Hoy soy un soldado de plástico. Hay mentiras que no se escuchan si estás hecho de porcelana. Quisiera ver a mis padres, sostenerme del cuello de mi madre y gritarle que hoy soy otro u otra, decirle que estoy obligado a echar mi cabeza hacia atrás mientras vos me tirás polvitos blancos que son cocaína y a mí me gusta y quiero ser puta, decidí que quiero ser puta, usar tangas rosadas o de leopardo o amarillas o rojas o verdes o marrones o escarlatas y decirle a todos que soy puta y que salgo tanto y que no beso porque el beso es amor y no gimo, porque es otra tarifa y que me gustan las medias a rayas y las polleras cortitas sobre todo si está sonando la Mona Giménez en el alto parlante de algún bolichongo de cuarta.

Ya no puedo escribir ni sentir ni decir la palabra amor sin escuchar a un costado de ella la risa casi inevitable, la certeza de que se ha caído y se ha roto para siempre.

Mi nombre fue violado en el silencio.

El hombre que debí ser mastica a la mujer que soy y se atraganta con mis cenizas. Hay una lucha a través del tiempo para llegar a lo que no me fue entregado antes y que ahora está esperando en algún rincón del universo para que yo lo estreche entre mis brazos mientras se pierde entre otras piernas.

domingo, 27 de septiembre de 2009

Mirá cómo me río.