lunes, 23 de mayo de 2011

Entonces ella...

Chandra, tus manos, Chandra. Tus pies, la punta de tus dedos, tu vientre redondeado sobre la hamaca paraguaya en la lenta agonía de la tarde, en el decirse y saberse sólo a razón de los racimos de uva y el ruido de los pájaros, que están, que llevan el nombre de tu abuela y de tu madre y de todos los muertos que alguna vez viste, Chandra. Ese hombre-gaviota que te sostuvo en sus brazos hasta que fue agotado tu último aliento de instinto, ahora está sentado frente a tu cama, te mira delirar entre sueños. Sabe que recordás las tardes, la bruma de verano, el vaso de cerveza caliente apretado con fuerza entre las manos.
Cómo corrías, Chandra, de un lado para otro vos corrías como una cometa, te despegabas del suelo, vos sentías tus pies lejos de este suelo y tu cuerpo no era aire ni energía; no había conciencia, Chandra. Y entonces el golpe, la caída terrible que te devolvía a la hamaca y a la tarde espesa de febrero, al té helado que la abuela, tu abuela, preparaba para vos y que vos bebías lentamente y te olvidabas de la cerveza y del hombre-gaviota que estaba ahí, a tu lado para siempre.
A fuerza de juventud te fuiste acoplando, Chandra. “Eras una nena”, repetías frente al espejo para convencerte de tus diecisiete años, pero la atemporalidad... A veces quisieras poder escribirte desde otros lugares, desde todos los rincones de tu voz. Tejías papelitos de colores para poder decirte de otras formas. Recordás la vez que te dijiste María y fuiste santa, Sasha, y fuiste hombre, Alejandra, y amaste a uno de ojos verdes. Después el hijo, el estómago vacío, el grito desgarrado al viento. “No querer ser, es no ser nada”, pero eso sonaba tan barato, Chandra.
No hay excusas paras las cosas que hiciste, no; los misiles que lanzabas desde tu propio cerebro y que morían en tus yemas, la cocaína deslizándose por la garganta, las mujeres sifilíticas que te enseñaban sus vaginas y que vos besabas hasta la llaga, Chandra. Y más tarde los sonidos, la manera en que tu voz vibraba, la manera en que la música sonaba en tus auriculares y cómo se movían tus pies cuando sonaba Frankie -tan tonto, tan estúpido-, esas cosas mueren en vos, mueren contigo. Guardaste los secretos de los hombres que hacían equilibrio con tu ombligo sólo para verlos redimirse ante tu grandeza, moriste atada a un bebé de plástico que te miraba desde su féretro.
No contemplás más, Chandra.

martes, 17 de mayo de 2011

Y Chandra escribe

10 de enero:

Tuvimos momentos hermosos, momentos terribles, soportamos el calor del verano debajo de un duraznero y de un roble mientras enjugábamos nuestro sudor, recordás. Vos tenías las manos más morenas que nunca, un poco secas, y yo supe que algo horrible iba a pasarnos. Intenté muchísimo traerte sobre mi cuerpo, sobretodo cuando te contemplabas en el espejo ancho del living room de aquella casa que se nos había entregado para nosotros solos todo un mes entero. Estábamos contentos, teníamos lo que necesitábamos y ni siquiera podíamos comprender cómo lo habíamos conseguido. Y yo te veía contemplarte ahí por horas, recogías apenas tu pelo, lo sacudías de tu frente, tocabas tus caderas, tus muslos, tu pecho desnudo y la cadenita que tu madre te había regalado la primera vez que estuvieron enojados.
Fuimos hermosos. Vos sabés que fuimos hermosos. Ahora que no estoy ahí y que por supuesto no estás acá, y que pasaron dos años de ese verano, intenté rememorar inútilmente la sensación de recibir el primer beso, de ver tu cara frente a la mía y la sonrisa que no supe describir jamás. Después la sucesión de primeros besos en intervalos que duraban siglos. El primer “hola”, la vez que te vi entre todos ellos y vos me veías a mí y reprimías el llanto de saberte vivo y tieso en un andén peligrosamente aturdido de gente. Nos vimos, estuvimos muy cerca y yo tuve que abrazarte. Todavía mamá recuerda cómo te enojabas cuando te hacía cosquillas ante todos y te besaba el cuello o te raspaba con la tarjetita magnética de un subte londinense que habíamos encontrado en un ómnibus que venía de Casabo.
Recuerdo encontrarme con tu padrastro en la terminal y que me saludara a pesar de mis lentes. Te enojaste muchísimo cuando supiste que me iba, me dijo, y yo no podía darte ni una explicación que valiese la pena. Habíamos sufrido y nos habíamos dejado mojar. Lo entendías, yo sé que entendías, pero no tenía sentido, era absurdo. Sigue siéndolo hoy que estoy acá y es tan sólo una porción de río, pero que me devuelve el aire.
No me fui por vos ni por mí ni por nadie. Me fui por la inercia y por creerme muerta y de otra especie entre ustedes que están ahí. Aunque vos, Ernesto, sos otra cosa, algún otro tipo de ser humano desconocido. Yo debo ser un cuadrúpedo hermafrodita enamorado de sí mismo, incapaz de procrear, pero sí de metamorfosearse, de cambiar de cara, de cuerpo, de nombre. Recordarás, imagino, el desorden nomenclatural del que nos reíamos, de la vez que te llamaste Gregorio, Alejandro, Mateo, Daniel y que me dijiste que yo me llamaba Soledad. Yo quería llamarme como alguna canción de Zitarroza, pero no esa. Te reíste, Ernesto, siempre nos reíamos, pero no éramos felices ni nos amábamos. Estábamos matándonos despacio.
Buenos Aires me trajo a la memoria la vez que entré a tu cuarto a escondidas para sorprenderte y vos estabas montado sobre el cuerpo de Luciana, y yo me sentí quebrar por dentro. Salí corriendo y tu madre me contuvo, esa madre que renegaste y que yo tanto quise a pesar tuyo. Y pasaron meses antes de volver a vernos y reconocernos parte del otro y volver la carrera a nuestro favor, dejando que te deshicieras de mi carne, que giraras sobre mí y pasar semanas enteras escondidos en tu cuarto o en el mío, apenas comiendo, apenas corriendo en busca de puchos y cerveza o vino, apenas levantándonos de la cama para cambiar el cd de la disquetera. Las noches variaban entre Cabrera y Mateo, Morrissey y White Zombie. No nos importaba. Escuchando la Velvet nos filmamos haciendo el amor o gritándole obscenidades a un poemario de Garcilaso. Y no nos importaba.
Cagar, sufrir, reír, escribir cartas, recibir postales, dormir, despertar, broncearse, enfermarse, mudarse, morirse. ¿Todo para qué? Ahora no estoy y amo a otros y a muchos, pero vos estás en la memoria en días como este, en el día que decidí arrancarme del vientre al monstruo que surgió de los dos. Y vos apareciste llorando a las semanas y tuve que saber que era por eso, por el remordimiento de pensarte asesino. Esa noche dormimos, nos despedimos en silencio y para siempre. Estábamos matándonos, Ernesto.
Pediste una carta, un relámpago. No estabas nunca, Ernesto, tampoco yo estaba ahí. Odiaste a Carlos el día que lo viste sentado en el cordón de la vereda de mi casa, detestaste su acento porteño, la manera en que se fumaba sus cigarros, uno tras otro, desesperado por morirse en ese mismo instante, con una demencia en la que te reconocías. Los vi saludarse desde el balcón de mi primer piso y casi muero de tristeza cuando te fuiste lento hacia tu casa que quedaba tan cerca. Y supiste que me iba para siempre mucho antes
.

martes, 9 de noviembre de 2010

Extracción de algo que escribo.

5

Entramos a la casa de Laura como si estuviésemos entrando en un museo viejísimo. Todo nos alucinaba: las montañas de libros apilados sin criterio uno sobre el otro, las radios añejas y los televisores que habían dejado de funcionar hacía años. Bruna daba sorbos a un vaso de cerveza larguísimo y contemplaba las cosas con su cuerpo, tocaba los bordes de las radios con su pelo o su nariz. Yo no podía hacer nada, apenas me movía. También tenía un vaso de cerveza en la mano. Había estado pensando tanto en Saussure que tenía ganas de vomitar signos lingüísticos, y Laura parecía entender todo eso. Además de ser parte de la casa, ella convivía con las cosas como si fuera un anticuario. Su cuarto tenía el color de un lugar donde las cosas pasan sigilosas. Bruna bebía su cerveza alucinada.

Esa noche nos cocinamos algo rápido, desmorrugamos marihuana y nos la fumamos como murciélagos. Esa era la vida, quizá. Después hablar, fingir ser psicólogas, médicas, abogadas, fisicoculturistas. Comentar los libros que leímos, pero como mujeres. Las mujeres vivimos las palabras, nos atragantamos con ellas y las saboreamos con el cuerpo. Las mujeres somos cuerpo. Los años de lectura femenina siempre decretan el cuerpo como modus operandi del accionar femenino. Nosotras nos enloquecemos de palabras, creemos en nosotras mismas, en nuestras madres, en nuestras vaginas y en que algún día podremos dejar el cigarro.

Estuvimos sentadas en el living de Laura toda la noche. La cerveza no se terminaba jamás, seguía acumulándose en la barriga y yo ya me sentía espesa.

-Lo bueno de las palabras es que no te dan cáncer –dijo Bruna mientras se encendía un cigarrillo.

-Lo bueno de las palabras es que no te provocan gonorrea –dijo Laura sosteniéndose el pelo con una gomita violeta.

-Lo malo de las palabras es que no te garchan –dije, e hice un globito con un preservativo que tenía en la mano.

-En momentos así me siento tan hinchada como un globo de helio, la cerveza se apretuja toda en mi organismo y me olvido de los límites de mis manos, que se hinchan y no me dejan tocar las cosas con la delicadeza de las mujeres –dije.

-Una vez estuve hinchada, hinchadísima de cerveza, y estaba sola en San Telmo. Salí a caminar después, tenía mis auriculares y un disco nuevo de los Autoramas en mi mp4. Eran las cinco de la mañana y la calle estaba llena de linyeras mugrientos y más borrachos que yo que me miraban y volvían a dormirse con desprecio. Tuve miedo, pero también creí que podría volar como un globo de helio si algo me amenazaba. Me acordé de todas las canciones lindas que mi madre me cantaba cuando estaba en la cuna, deseé estar con mi madre, volver a odiar a mi padre, renegar mi nombre, borrar el tatuaje idiota que tengo en el hombro. A eso de las 7 me terminé cansando, ya estaba en Puerto Madero hacía rato sentada en un banco mirando los restoranes caros. Me tomé un colectivo y me fui a lo de mi madre, le toqué el timbre mucho rato, pero nadie me respondió nunca –contó Bruna, y a todas nos dieron ganas de llorar hasta la orfandad.

Laura se había descalzado y se puso a bailar con las manos en el aire, dando vueltas como un trompo, como una calesita borracha. Las terminaciones de las manos eran las de una bailarina y la música en la vitrola era de Fela Kuti. Los tambores africanos marcaban el ritmo y ya no pertenecíamos al tiempo. Bruna siguió a Laura y empezaron a bailar una danza sin sentido. Yo seguí bebiendo de mi cerveza, soñé con elefantes de colores y mujeres negras que amamantaban a sus hijos, aunque Fela Kuti no era eso. Sentí que iba a morir de felicidad y quedé dormida en el suelo con sensación de eternidad en la boca.

6

A la mañana siguiente me desperté con un terrible dolor de cabeza. Laura y Bruna estaban desnudas en el piso y abrazadas a una pila de libros en portugués sobre animales salvajes. Toda la casa estaba en penumbras, pero de la claraboya en el techo parecía entrar un tenue halo de luz. Me levanté rápido y fui esquivando las cosas hasta llegar al baño. Me miré en el espejo y vi escrito en mi frente con un marcador azul el semema “puta”. Me reí. También vi que en mi espalda habían escrito “cerveza”, “cuerpo”, “mordedura”. Todas esas cosas me resultaban hermosísimas y poéticas. Odié mi cuerpo por ser mujer.

Cuando bebo mucho durante la noche, al día siguiente despierto deseándome hombre, tanteo mi entrepierna buscando un pene y un par de testículos y sólo encuentro la hendidura natural de mi vagina y la desprecio. Después de dos aspirinas vuelvo a amarme y a ponerme el corpiño en un ademán que dura 20 minutos.

Yo amo la delicadeza.

Laura despertó cuando sintió mi cuerpo deslizándose hasta el cuarto de baño y fue a encontrarme ahí, aún desnuda, delicadísima. Me saludó con una sonrisa y me preguntó si quería un café, y era tanto lo que yo deseaba un café que tuve que aceptar. Bruna seguía dormida en el piso así que tuvimos que despertarla con palmas y golpes suaves en la cabeza. Ellas tenían sus senos dibujados con el mismo marcador azul que me señalaba como puta en mi frente. Los dibujos en sus senos eran de duendes y flores y cosas aún más ridículas que no logré entender. Bruna se puso una remera y una bombacha y aceptó sonriente el café que nos trajo Laura.

No hablábamos nada, nos mirábamos a veces y escuchábamos un disco de Caetano Veloso cantando en inglés. Estábamos transportadas o no estábamos en lo absoluto.

viernes, 2 de julio de 2010


(Hasta que ella dijo):
"Estas son las flores para mi padre",
y equivocó el féretro,
confundió su rostro,
ocultó las lágrimas.
Ofrendó su cuerpo de niña
para volverse madre
-y se hizo tierra-.
"Estas son las cenizas de mi padre".
Y vi sus manos vacilar.
(La mujer, después de la muerte,
se fragmenta,
borra los bordes de su nombre,
desdibuja su sonrisa,
abraza a su niño,
pero como a un perro).
"Este es mi padre,
mi madre sacude su pañuelo,
no llora.
Mi legado es
atarme al tiempo
sostener el tiempo
regresar al tiempo".
Y vi sus manos vacilar,
y desde sus senos resonó un disparo
-corazón, músculo, vida-.
"Estas son las flores para mi padre"
y equivocó el féretro,
confundió su rostro,
profirió una risa.

lunes, 14 de junio de 2010

Al reverso sigo estando atravesada. No hay misiles ni puntas de espada, tampoco espacios vacíos de recuerdos. No hay sombras, ni pies descalzos en las baldosas del baño. No me veo a mí misma de vestido, correteando por los pasillos del piso del edificio en el que está mi casa. Veo sí mi rostro de niña afiebrado, las ojeras oscurísimas, una recomendación absurda de taparme de líquido hasta que me revienten los poros y no cubrirme de mantas regordetas. En algún sitio está el primer vómito y esa sensación vertiginosa de atragantarse con el carozo de una aceituna en la cocina de mi abuela. Pero el reverso no es nunca una autobiografía, ni un disparso que me aturde de imágenes: sólo sensación, pura sensación. Sé gritarme a mí misma que el poema no es imagen (golpear a Potebnia hasta el cansancio), fingirme sola, sentirme sola y finalmente estar tan sola que el pecho se agiganta y se hace añicos y me regodeo en mi miseria y mi holgazanería con la satisfacción final de verme convertida en sillón o en algún otro objeto ridículo. Y además el invierno o 18 de julio convertidos en escenarios que ya no sirven y molestan. Molesta caminar por Montevideo y no sentir nada, ni un instantáneo cosquilleo de misericordia o empatía hacia nadie.
Hay una mujer que escribe cartas para sí misma y las envía a una dirección desconocida en un país que quizá ni siquiera existe. Y es como romper un cascarón (decir estas cosas, de esta manera, revelando ya que no puedo escribir, que no puedo decir absolutamente nada que sea válido), salir al otro lado del espejo y no encontrar una tabla de ajedrez, sino una versión más aterradora de mí misma. (Una vez alcanzadas la simplicidad y la plenitud una quiere volver a donde se encontraba antes {recluida en un rincón -imagen-, maniatada, amordaza por una misma, ser secuestrador y víctima a la vez}).
Al reverso no estoy yo ni lo que quise ser, sino una sensación de hijoputez o de aferrarse a la memoria de cosas que no vuelven. (Como el himen, por ejemplo, quise conservarlo aunque ya no estuviera y mitificarlo como a un santo de membrana). Y tantos meses desdoblada, tan bifurcada y re-podrida, para sentarme hoy con la luz sobre la cabeza y repasar los bordes de mi piel y darme cuenta de la farsa. Debí notarlo ni bien me encontré limitada a sólo hablar de tetas y pijas, y labios temblorosos y mierdas como esas. Tuve que sentirlo cuando me reí a carcajadas por la calle y le hice guiños a algún tipejo que me dijera obscenidades con los ojos tan lascivos como podía. Pero seguí pidiéndome adultez, seguí reclamándome a mí misma vida y sexo y amor y contensión. Me perdí, quiero decir. No como una mujer que quiere embarazarse (por algo se ama a Onetti), pero sí como una que se desconoce a sí misma. Bueno, yo no nací para algunas cosas (resignación final, principio de angustia), pero qué bueno es salirse de la adolescencia de vez en cuando.

miércoles, 12 de mayo de 2010

-Estoy resfriada -dice sacando un pañuelo de la mochila-. Y puede ser tanto la gripe de los pollos como una cirrosis crónica. Me quedé sin venas, eso pasa, entonces la savia de los árboles (si la bebo) se me filtra entre los músculos o los huesos y todo en mi organismo se convierte en sustancia verde hasta que se me inundan las narinas, y los ojos, vos viste, se me llenan de lagañas blanquísimas como la leche.
Yo la observo desde mi ángulo de narrador autodiegético, la miro sonarse los mocos con vehemencia, la entiendo sentada como un indio en el piso de mi habitación y me lo repito con palabras para que se vuelva verdadero. Ella se cubre de signos, enciende un cigarro que es un signo también y me invita de su caja a que yo saque uno y lo encienda como ella lo hace, dándome un perfil directo de su cara; y yo la observo, acepto la invitación y enciendo mi cigarro con la frente enterrada en el suelo. Ahora me levanto, me incorporo sobre mi cuerpo y me sostengo con una mano en la pared blanca de cal; camino por la habitación, me enjugo el sudor y es esto lo que pienso: esta suceción exacta de acontecimientos. No sé si es ella quien me observa esta vez, su mirada bien podría estar completamente focalizada en el vapor del café que me pidió hace tres minutos o en el disco de pasta que gira a su lado, rítmico e imperturbable, decodificando lo que sea que tenga que decodificar para articular el sonido que es un hecho.
-Tengo algo de prisa -le digo-. No-sé-quién le dijo a otro fulano que me dijera que hoy llegaba Olivia.
-Ella te escribió unas cartas -dice sin pensarlo realmente-. Ella te escribió y vos no respondiste, entonces ella se estremeció, pero sólo porque le encanta cómo suena esa palabra. Y ahora viene a buscarte y pincharte los deditos con alfileres tan minúsculos que te sorprenderías.
Chandra exhala una bocanada de humo y se echa a reír con fuerza, sosteniéndose de su vientre, y luego cesa repentinamente. Se calla invitándome a fabricar una respuesta que no tengo y sus ojos languidecen.
-Dice que quiere verme, que vendrá con zapatos de charol altísimos y un vestido violeta de terciopelo -digo burlonamente-.
-Yo no creo que esas cosas se sigan confeccionado -contesta ella con una mueca de dolor en sus labios-.
Entonces me acerco a su rostro y beso su frente, sus párpados, su lengua. La traigo hacia mí para que llore de una vez, para que sus lágrimas de savia me manchen la camisa como si un niño hubiera derretido un crayón verde sobre mí a la hora del recreo. Y llora dulcemente, y gime como un recién nacido, y yo la abrigo en mis brazos como su abuela lo hizo antes, cuando quedó sola en la sala de parto sin una madre que le otorgara su seno, y la contengo como si fuera mía, como si fuera una de mis extremidades, y ella finge dormirse, y yo finjo cantar canciones de cuna y entonces la tarde se paraliza, Montevideo se queda tieso detrás del ventanal de mi habitación que da hacia Bulevar Artigas mientras una canción viejísima decide empezar a sonar bruscamente en la vitrola.
-Quiero que venga esta noche y que la escuches, quiero que la invites a beber una copa de vino, o todas las que ella quiera tomarse. Quiero que sostengas sus manos finas entre las tuyas y juegues con sus anillos y le beses los dedos. Luego te acercás a ella y le acariciás el mentón y pensás en mí, que voy a estar dibujada sobre su rostro. Acariciale un poco el pelo y la rodilla, manoseale la entrepierna y dejá que piense que la estás violando. No le recites poemas, no le cantes canciones, no acudas a la vieja sonsera de la cursilería, ella puede con todo eso. Sé lo suficientemente distante y lo esencialmente cercano. Querela como si de verdad lo hicieras y odiala como a tu propio padre. Escupile la boca mientras golpeás tu pelvis sobre la de ella, hacela gritar de placer y acabá pronunciando mi nombre.
Chandra se retira lentamente de mis brazos restregando sus dedos largos sobre los ojos, se corre las lágrimas y el maquillaje y queda de pie mirando sus championes sucios. Segundos después va hacia la cama y toma su pequeña carterita de mujer. Coloca dentro la caja de cigarrillos y el encendedor y se la cuelga de un hombro. Después me mira a mí, que estoy diciendo esto, de esta misma manera, en mi cerebro. Me pide que baje a abrirle, pero no puedo moverme. Me pide que la despida, pero yo no sé cómo hacer esas cosas.
-Te llamo mañana -dice-. Pero ahora tenés que darme un beso y bajar conmigo hasta la entrada del edificio, donde vas a darme otro beso y a decirme adiós. Vas a cerrar la puerta una vez que hagas eso y vas a subir y vas a estar en esta misma habitación y yo en alguna otra parte, pensando en la inutilidad de las palomas o alguna otra cosa que se le parezca.
Y ella se mueve, abre la puerta del cuarto que da al living-comedor y se queda esperando a que yo la imite, así que eso hago y destrabo el seguro de la puerta que da al corredor y al ascensor, y lo llamo, y lo esperamos los dos tomados de la mano. Y nos subimos a él y descendemos en silencio, y nos fijamos en la cuenta regresiva de los números que indican los pisos y ansiamos la planta baja, hasta que estamos allí y no ansiamos otra cosa que terminar de una vez por todas el saludo que demora siglos; y luego la beso y le digo "adiós" y le doy otro beso y la imagino en el salón de clase de la facultad en la que le enseñan a ser contadora o abogada o arquitecta, hasta que su imagen se desvanece y estoy en mi habitación una vez más con el cerebro entero para Olivia.
A las diez de la noche suena el timbre de mi casa, me desplazo hasta el intercomunicador y la voz de Olivia suena clara, precisa. Puedo ver sus labios con rouge modulando el enunciado a la plaqueta fría de los timbres. La hago subir y dejo la puerta entreabierta. Hace dos horas compré un malbec y está esperándola en la mesita ratona de la sala. Ella entra: primero sus piernas, largas, macizas, después su cadera ancha y su cintura pequeña. Un vestido negro que termina mucho antes de la rodilla corta la visión a la vez que la integra. También está su escote, los hombros descubiertos, el tatuaje de la clave de fa en su cuello, los labios grandes y rojos, la nariz minúscula y los ojos grises. Lleva el pelo rubio recogido por un moño también negro, y los prometidos zapatos altísimos. No lleva cartera, nunca la necesitó. Se mantiene en la firme economía de ser convidada con cigarros, de utilizar monedas para las llamadas importantes, de no ser interrumpida por ningún sonido ni vibración posmodernista, de conservar el dinero en la bombacha o en el soutién que hoy no tiene puesto. No dice nada, sólo sonríe o al menos eso puedo deducir de la extraña expresión que se forma en su cara. Se invita sola, como siempre, y se sienta en un sillón individual esperando mi saludo.

martes, 8 de diciembre de 2009

Reíte, dale, estoy parodiando tu muerte, estoy parodiando tus restos y a la mujer que camina por los senderos de tu cementerio (te moriste y lo volviste tuyo, propio, una extensión de tu sonrisa). Mi vientre es un tambor y en el pecho resuenan los alaridos de los perros que custodian tu belleza. De la mano húmeda se desprende una madre gusano que se retuerce sobre sí misma y de la mejilla te crecen hormigas coloradas que recorren tu cuerpo, y ríen, porque esta es la venganza de cuando las quemábamos con la lupa al sol. No llores, nene, te estoy hablando. Mirá cómo las piernas bailan al compás de la lluvia y la tierra se moja, el pasto se moja y los crucifijos se tambalean como en una película de terror. ¿No ves que esto es ridículo? Tu madre llora y se le agiganta el tórax. Tu padre se comprime más y más hasta parecerse a un niño; él no llora. En tu cuarto quedó sonando una canción de Spinetta y las paredes, no las ves, pero están llorando también. Todos lloran. Y vos tenés que reírte, lobo, reíte porque esto es provisorio y nunca real. Antes de esta escena hubo poemas y canciones que te decían cómo era, y vos aprendiste actuar. Actuá ahora para mí, dale, que ya no queda noche ni mediodía ni más horas. Reíte porque te podés sacudir de las prisiones y de la anarquía. No más socialismo, capitalismo, comunismo, proxenetismo. No más retórica para explicar cómo nos sentimos. Y te prometo que si te reís tu madre ya no llora. Que si te reís no hay silencio ni imposibilidad del lenguaje que valga. Desterramos a Lacan, Saussure, Freud, la poética irrisoria de Mallarmé y a todos así de rápido, con una carcajada tuya. Y bailá, nene, que ya no pueden decir más.